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¡Hasta los mocambos entra en crisis!

El Mocambo alega que no es un putero, sino un centro de rehabilitación e instrucción sexual, ese es parte de los slogans que le suelta el “community manager”, que no es más que el hombre o mujer que promociona en Twitter, Facebook y el resto de la aldea virtual, un negocio tan viejo como la sarna.

Y es que en tiempo de crisis el que no se anuncia no vende. Con la construcción caída al 50% en julio y hasta los ingresos del Canal de Panamá en descenso, ya los hombres no tienen ni plata para enterrar la coa. Ahora, la “Manuela” o la “Soledad” pagan los polvos mentales.

Hasta Torrijos estuvo en El Mocambo

El sexo y El Mocambo son una tradición. Hasta un veterano de guerra y en trincheras como “Fulele” Calvo recuerda que en una ocasión estuvo tres días en ese jardín coclesano, adivinen con quién, con el entonces teniente Omar Torrijos Herrera.

Omar y yo estábamos en gira por el interior recopilando material para una revista de la Guardia Nacional y nos quedamos tres días chupando. Tuvo que venir Boby Hernández, el jefe de Relaciones Públicas de la institución a rescatarnos, relató “Fulele”.

Calvo no aclaró sin en esos tiempos se organizaban las orgías que hoy promociona El Mocambo, pero es probable que en aquella época la propaganda era probar el producto y luego recomendar al resto de los amigos. El Mocambo es un monumento nacional, exclamó “Fulele” Calvo y solo le faltó decir: ¡Si los colchones hablaran!

Dicen los viejos que “El Mocambo” se abrió en Aguadulce en los años 40 cuando los gringos tenían bases en Aguadulce.

Lo cierto es que casi todos los hombres de Panamá han hecho escala en algún putero; allí se gana experiencia con veteranas en esos menesteres. Hay manes que no levantan ni sospechas y hay que buscar un lugar a donde descargar las ganas. Antes era tradición que cuando un chico llegaba a la mayoría de edad, de salida lo llevaban a ese festival de debutantes.

Recuerdo a un subalterno joven que los periodistas lo llevaron a La Bombonera; lo dejaron hablando con una chica, se fueron al mostrador a pedir las pintas y en menos de 5 minutos el novato ya había tenido su debut y despedida. Subió y bajó como “flash”. Ey, ¿qué pasó, por qué tan rápido… te estafaron?, le preguntó la gallada. ¡Es que esa mujer tiene un truquito!, fue la explicación que el chico ofreció.

Tras un partido de fútbol, varios periodistas se fueron a “La Mayor”. Una corpulenta morena quedó caída con uno de los blanquitos y le decía: ¡ey, contigo botaron la pelota tu papá y tu mamá! Subimos y no tienes ni que pagar.

Se aculillan en ‘El Mocambo’

Pero la famosa Noche de Orgía de “El Mocambo” puso nerviosos a los aguadulceños puritanos y parece que se suspendió por problemas en transformadores o más bien los organizadores cogieron culillo, porque en pueblo chico, infierno grande. Aguadulce no aguantó un festival de tanta carne. Pero lo cierto es que el local realiza eventos similares a lo largo del año con diferente temática. Hasta Andrés Poveda ha estado por allá echando… chistes.

“Venga y pregunte por las chicas especialistas con manos “parras”. ¿No sabe cuáles son parras? ¡Pa’rrascarles el huevo y lo que quieran!, es otro slogan del putero, perdón… del centro de instrucción sexual.

“Ese cu… de su novia no tiene control de precios y siempre lo está dejando limpio. Venga a nuestro local donde el precio siempre es el mismo. El mejor asesoramiento a la hora de enterrar la coa lo tiene El Mocambo, es otro de los mensajes del negocio que es administrado por el reguesero “Calero”.

Pero con todo el revuelo que causó la promoción de El Mocambo pasaron desapercibidas todas las otras iniciativas que han tenido durante esta semana y siguen teniendo los diferentes “puteros” de Panamá. El video promocional de “Noches de orgías” de El Mocambo dio el salto de los whatsapps de los círculos de clientes del legendario prostíbulo a las redes sociales, y se hizo viral. Pero el hecho esconde una realidad, más allá de la competencia entre este tipo de locales.

Y es que con la desaceleración económica, y la proliferación de la competencia de prostitución por internet, los puteros tienen que buscar alternativas para atraer clientes. Un ejemplo: en días recientes, uno de los burdeles más legendarios del país, La Gruta Azul, anunció su remodelación y estrenó una página web, que además de fotos de sus chicas, tiene una lista de servicios, entre ellos despedidas de soltero, fiestas privadas, “shows” y premios.

También el Capri, antiguo Fénix, ubicado a solo unos minutos de La Gruta en auto a lo largo de la misma vía, también se promociona con una página web, con una clasificación de “modelos”, y “chicas VIP”.

La Gruta y El Capri

En el calendario de eventos de La Gruta, salió que las noches del 15  y 16 de septiembre habría “Noche de Colegialas”. Eso teníamos que ir a verlo, así que un grupo de Crítica nos fuimos en un recorrido que se inició por este putero y continuó por otros burdeles de la ciudad capital. Pedimos $400 de viático para poder subir al cuartito en todos los puteros, pero de a vaina nos dieron para los tragos.

Entramos a través de la icónica muralla azul de Río Abajo a las 11:30 de la noche. Antes de entrar, tienes que pasar por los agentes de seguridad que te revisan a ver si traes armas. Ahora, en la Gruta hay una pequeña terraza en la que los clientes beben, comen y vacilan con las chicas al aire libre, y lejos del aire acondicionado. Es la única parte que realmente se nota de su promocionada remodelación.

Efectivamente, las chicas, o al menos la mayoría de ellas, estaban vestidas de colegialas, y de colegios privados nada menos. Nos sentamos en la barra, y pedimos pintas nacionales a $3 la botella. Quedamos al lado de una rellenita pelinegra y tetona que -curiosamente-, era una de las pocas que no tenía uniforme. “Es que soy nueva, papi”, nos contestó. “Nosotras tenemos que comprar nuestros uniformes. Deberían dárnoslo ¿verdad?”

En eso, volteamos a ver la lista de precios que está pegada a la pared al lado de la barra: 22 dólares por 15 minutos con una chica. O sea que básicamente ya tienes que estar en pelotas para cuando abres la puerta del cuartito y poder aprovechar el tiempo. A pesar de que habían pagado ya la quincena, en La Gruta había varias mesas vacías. La mayor parte de las chicas estaban sentadas solas.

Antes de que marcaran las 12:00 p.m., salió Candy a hacer un “show” de pelo, pelo. En eso comenzaron a llegar nuevos clientes, entró uno que se notaba que acababa de terminar su turno en el trabajo, porque se apareció con su uniforme anaranjado de Panamá Ports. Las bandas reflectivas de su ropa de cuerpo entero brillaban con los tenues reflectores de La Gruta.

En La Gruta se confunde el acento con sabor a arepa y el “cónchale vale”. Una colombianita fue directa: quiero estar contigo, pero no para hablar de las cagadas de Santos y de Varela.

Más allá, en la tarima principal, una nena de contextura delgada, blanca, pero con nalga de ‘chomba’, se apoderaba del tubo y cada vez que se deslizaba, varios de los asistentes se mojaban sus labios y se empinaban su fría.

Dos bailes y un par de rondas de cerveza más pasaron y arrancamos hacia El Capri, en esa misma calle más a las afueras. La entrada costó 4 dólares. Las pintas estaban a igual precio que en La Gruta, la calidad de la carne un poco mejor que allá. La subida sale en $40 por media hora. Ya dentro nos dijeron que había promoción de pijama party, y nos dieron un número para la rifa de una subida al cuartito. Nunca vimos la pijama party, pero sí un improvisado concurso de belleza por aplausos en el que las prostis eran las que más hacían barra.

Las dos más votadas fueron las “cuatro ojos”: una flaca alta y una bajita rellenita, ambas con anteojos, y la chiquita fue la ganadora, a punta de vítores de sus compañeras, más que de los clientes. Luego siguió un “show” con el estilo de 50 Sombras de Grey, en el que las hembras se daban con látigos en las nalgas, al ritmo de la música de “The Weekend”.

En El Capri, la mejor chica lucía lencería negra y rizos, y cada vez que se remeneaba al son de la música se empinaba un trago de una botella. A esa le conté que en menos de una hora tuvo que prestarla por $25 dólares a más de 5 personas. Es decir, la chica despachó rápido a un grupo de “polvos de gallo” o ella tiene un “truquito” que pone a disparar rápido a los manes.

Al igual que La Gruta, El Capri tenía clientela, pero no estaba lleno a capacidad. Muchas trabajadoras sexuales pasaban más tiempo conversando entre ellas que en mesas con los clientes.

La oferta en el Terraplén

De ahí arrancamos al área de las cantinas de San Felipe. La Interiorana, La Bocatoreña, La Mayor y El Gavilán están todas juntas, y se comunican por puertas y pasillos internos. Su clientela son las clases populares. Esa fue el área que el presidente Juan Carlos Varela recomendó para protestar, porque por allí pasan todos los ministros.

¡Guat! A diferencia de los burdeles antes mencionados, en La Bocatoreña no hay promociones que valgan. Entra, chequea, pide un trago, chequea lo que te quieres comer, sube y pa´ lante. Y si dudas mucho, constantemente se te acercan mujeres diciéndote sin asco: “Vamos a subir, papi”. También se te acercan dos al mismo tiempo ofreciendo tríos.

Las mujeres en La Bocatoreña tenían un aspecto generalmente mayor a los otros dos bares que visitamos: La Interiorana y La Mayor, esta última con “show” de pelo, pelo. En este último burdel no vimos promociones, pero sí una pelea. De repente, cayeron a mis pies un borracho y un tipo de la seguridad que lo tenía agarrado firmemente con un candado a la cabeza, y comenzaron a revolcarse en el piso. Luego llegaron los refuerzos, y se lo llevaron arrastrando hasta la salida. Cuando volví para acomodarme en la silla del bar, me di cuenta de que al borracho se le cayeron 2 dólares con 50 centavos en monedas “martinellis” y “cuaras”, que sirvieron para la siguiente pinta.

En el área del Terraplén, operan sobre todo, venezolanas y colombianas. Cerca de un local que tiene un letrero que cuelga y dice pensión hay dos venezolanas que sin titubeo, me proponen: las dos por $40.

Ya la madrugada declinaba, en el auto sonaba un disco del maestro Rubén Blades: “Juan Pachanga”… el amor no se mendiga. ¿Mendigar? ¡Qué va! Si ahora lo puede hasta comprar.

Juan Pritsiolas/ Alex García/ Crítica

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